La semana pasada me regalaron un ramo de flores. En la calle. Un desconocido. De la nada. Porque sí. Usó la frase “Me cautivaste con tu belleza” y ante todo debería aclarar que no uso desodorante Impulse.
Era tarde a la noche, iba cargada con equipo costoso de fotografía caminando hacia la parada del bondi unas 10 cuadras adelante, por una avenida comercial con los negocios cerrados y las veredas anchas casi vacías. Mi ritmo era más bien acelerado. No sólo por las ganas de llegar sana y salva a destino sino también por el frío endemoniado y el hambre resonando en mis costillas.
El desconocido apareció como un transeúnte esporádico más y me igualó el paso. Automáticamente aferré la enorme mochila bajo el brazo, por esos instintos que cualquier bicho de esta ciudad tiene ante las situaciones de peligro inminente.
A los diez segundos de ver que seguía al lado mío y sin dejar de pensar “si intenta afanarme le doy un golpe con el trípode que llevo del otro coté”, el muchacho en cuestión soltó un “tengo que darte estas flores”. Miré de reojo sin aflojar el paso ni el ritmo de hormiguita viajera corriendo Fórmula Uno y efectivamente llevaba en una mano un ramo. También noté que tenía apenas unos centímetros más que mi altura, llevaba una camiseta de un equipo de fútbol que deduje era Vélez o Uruguay, por lo poco que sé de camisetas de fútbol, y gorrita con visera por la que asomaba una cara de ojos rasgados cuasi orientales y amplia y perturbadora estática sonrisa. Mi respuesta automática con una sonrisa desconfiada fue “no, gracias”. Pero él, siguiéndome el paso siempre a la par, espetó un “Me cautivaste con tu belleza. Son para vos, por favor, aceptalas”.
Con mi mente implicada en la cada vez más afianzada teoría de que “éste es el nuevo método de robo, uno me distrae y después hay dos más que se suman para afanarme” seguí con mi gentil pero firme respuesta de “gracias pero no, en serio, no”. Y él con el trabajo de cardio a pleno por el footing, insistió con lo de “son por tu belleza, te las regalo, aceptalas”.
Un par de no gracias más de mi lado y un par de por favor más del suyo, hicieron que se las agarrara, pero que de ninguna manera detuviera mi caminata ni mis pensamientos paranoicos sobre cómo y dónde iban a atacarme él y su pandilla de floristas chorros.
Sin embargo, porque de mamá y papá aprendí a ser siempre cortés con la gente hasta en las peores circunstancias, le dije “bueno, muchísimas gracias, chau” Y aceleré un poquito más el paso.
Pero él no me siguió, me dijo “gracias a vos por tu belleza”, y se fue desandando las dos cuadras caminadas a mi lado.
A todo esto, mi mente ya había elaborado una nueva deducción irrefutable: “Me marcaron. Y ahora seguro que en la otra cuadra salen dos tipos para afanar a la tonta indefensa piba marcada con el ramo de flores por el inteligente criminal que dedujo mientras me hablaba, que tanto el trípode como mi tamaño no iban a significar mayor resistencia para el afano”. Y así, con los ojos mirando cautelosamente hacia todos los lados posibles y mi peor cara de perro rabioso observando a todo “posible criminal complotado” que se me cruzara, llegué hasta la parada. Me detuve en la fila del 60 y recién ahí me relajé. Miré el ramo de preciosas y coloridas flores con capullos. Y, claro, sonreí.
No sólo por el sorpresivo cuento de hadas urbano que había acontecido, sino por la deducción filosófica de que en estos tiempos que vivimos, al romanticismo lo mata la cautela. Y también el cinismo, porque mi nueva teoría mental inmediata me aseguraba que “la semana que viene pasan la cámara oculta que me acaban de hacer, en algún programa pedorro de la tele“.
Minutos después, contándole a una amiga que me habían regalado flores de la nada, en la calle, un desconocido porque sí, recibo el mejor de los comentarios: “¡Qué lindo! Quién te dice, por ahí la semana que viene ligás chocolates”.
Quién te dice.


