Relatos
No quiero exagerar pero la llegada de la tormenta sobre la cancha de River me hizo acordar a la secuencia final de Los Cazadores del Arca Perdida, cuando los nazis abren el cofre con la tabla de la Alianza hecha polvito y nace del cielo el torbellino horrible que daría entrada a los ángeles de la muerte. Algo así. Los Arctics Monkeys le venían dando duro desde hacía como media hora arriba del escenario del Quilmes Rock cuando se levantó un viento muy fuerte y los rayos empezaron a destellar fuera de compás. Alex Turner, frontman de los Arctics, enajenado en su guitarra, empujaba a la banda cada vez más arriba sin dejar que el viento –que a esa altura se llevaba puesto los techos de lona de los accesos– moviera un pelo de su notable jopo.
Leer más...Ella se ubicó en el medio de la sala para regalarme un show que sería inolvidable. Al ritmo de un blues salvaje, comenzó a desvestirse. Se sacó el sombrero agitando sus cabellos enrulados y aflojó su falda sensualmente, para dejarla caer con un suave movimiento de cadera. Revoleó sus tacones, se quitó las medias, siguió con la camisa, luego el sostén.
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El lavadero de Matheu y Güemes, en San Martín, ofrece, sin ofrecerlo, un invalorable servicio a sus clientes: le cambia la ropa con la de otros clientes, de acuerdo al infalible criterio de la dueña del lavadero. En efecto: no debe uno extrañarse si lo que recibe difiere sustancialmente de lo que llevó a lavar, y si lo mira con atención, llegará a la conclusión de que el cambio es altamente positivo.
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Estaba deprimido, tan deprimido que solamente ansiaba acariciar la cabeza de alguien. “Mejor si es una mascota”, pensé, y me acordé de mi perro de cuando era chico. No estoy seguro de que esto haya pasado así, o si es una idea que vino después, algo inventado. El perro apareció justo debajo de la mesa. Lo reconocí de inmediato. Le dije: “Hola, Yerri”. Él movió la cola cuando le toqué la cabeza. Era igual al caniche que había tenido, por eso le puse ese nombre. Yerri Kent se me subió en dos patas para rascarme el pantalón. Por las dudas lo llamé con otros nombres, pero no reaccionó.
Leer más...No, no tenés que hacer gimnasia, ni tener los abdominales marcados, ni correr siete o diez kilómetros tres veces por semana. No vale la pena el esfuerzo, no conduce a nada. Te lo digo porque yo fui nadador, en la adolescencia, nadaba como un loco, hacía los cien metros debajo del minuto, bajaba en el verano a la playa con esas mallitas chiquititas, pegadas al cuerpo, y me metía a nadar una hora al mar.
Leer más...Gracias a esos pocos morlacos que mis viejos aprendieron a mezquinarle a sus deseos, no hubo un día de mi humilde tránsito por la escuela primaria en el que no comprara un turrón, un alfajor o dos chupetines, para saciar durante el recreo esas terribles ganas de ser niño para siempre. En el kiosco de la esquina del colegio, un momento antes de entrar a clases, uno se sentía grande decidiendo con cautela en qué gastar el dinero, mientras la mano húmeda acariciaba en el fondo del bolsillo del guardapolvo la redondez de los cincuenta centavos.
Leer más...Cuando era chica, no más de un metro de alto, me gustaba hamacarme en el patio de mi casa; de esa casa que teníamos y que me acuerdo de a ratos de los ambientes, pero no la sabría dibujar ordenadamente en un plano. También de chica me gustaba ir a hamacarme a la plaza del barrio, que justamente quedaba enfrente de esa casa, y me la acuerdo entera y la puedo dibujar cuando quiera.
Leer más...Cuando me regaló ese chocolate que me gustaba tanto, que costaba, puff, lo mismo que el cassette de los grandes éxitos de Roxette, le dije que mi mamá no me dejaba aceptar cosas de extraños. Me dijo que no era una extraña, que era mi compañera de tercero B, pero yo le dije que mis amigos eran solamente los del A, o sea que ella, para mí era una extraña. Me dijo que le encantaba cómo me hacía la colita de pelo, ni muy baja ni muy alta. Siempre fui talentosa peinándome, no dejo que nadie me pase el peine, me duele mucho y la gente grande no sabe hacer buenas colitas. Solo saben hacer bien las milanesas. Mirándola bien me acordé de que ella en los recreos era la más genia con el elástico, una vez quise estar en su grupo y no me dejó, pero seguro que no se acuerda, mejor ni le digo, a ver si se arrepiente del chocolate, que igual no puedo aceptar.
Leer más...En la casa de Coqui. Se había comprado una pantalla plana en doscientas cincuenta cuotas que parecía un acuario, por lo plana y por la nitidez deslumbrante. Esa brillantez submarina que te ciega y que te alegra. Nos fuimos acomodando naturalmente, de la misma forma que la última vez. Porque esas cosas no hay ni que decirlas: cabuleros al mango y punto. Alguien hizo mate. Leer más...
Hace millones de años, Dios creó al primer ser vivo y luego lo miró maravillado y orgulloso de su obra. Un hermoso, aunque simple, ser unicelular de duración breve, sobre todo si se lo compara con la eternidad que había tardado en crearlo y la eternidad que pasaría después de su aparición en el universo. Es decir que el primer ser vivo fue creado entre dos eternidades.
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La distancia entre las generaciones es insalvable. Creés que hablás cara a cara con tu hijo, pero te separan treinta años, estás a tres décadas de distancia de él, aunque lo estés mirando a los ojos. Los años son como kilómetros. La risa puede ser simultánea, pero él se ríe en su infancia y vos en tu adultez.
Leer más...Cuando cumplía funciones como naturalista a bordo del Fanfarrian 47 (una nave de la Brigada Imperial), me impresionaron mucho ciertos hechos que me tocó observar. Me refiero, sobre todo, a los organismos que viven en la Constelación 32J y a las variaciones en la conducta afectiva y sexual de los habitantes de ese sector de nuestra Galaxia.
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