Relatos
La diferencia de viajar en subterráneo o en colectivo, es que al bajar por las escaleras del subterráneo ya sabés, no quedan dudas, que estás muerto. Cuando viajás en colectivo todavÃa te hacés la ilusión del paisaje, te parece que podés ir mirando por la ventanilla, te parece que las cosas se mueven. Es mentira, porque la ciudad fue arrasada hace ya demasiado tiempo, por fuerzas muy superiores a tu comprensión y raciocinio, por fuerzas que están muy por encima de tus capacidades. Pero no es el tema.
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La sensación al despertarse no fue la usual. Se sentÃa algo agitada, con los ojos puestos en la nada, como buscando hacer más presente ese extraño sueño. Tan extraño que intercalaba sensaciones de placer y miedo.
Era más temprano de lo habitual, asà que se tomó el tiempo necesario para ducharse y acomodar sus cosas para el trabajo. Preparó el desayuno y despertó a su marido, pues ambos trabajaban juntos y no solÃan llegar tarde.
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La lectora se sube a su auto nuevo pero a las pocas cuadras siente un tironeo, un sÃntoma inequÃvoco de sÃndrome de abstinencia. Necesita continuar el libro que dejó marcado en la página 46 con la oreja superior de la hoja doblada.
Leer más...Esta tarde, por si no lo notaron, la temperatura estaba ideal. Todo el mundo estaba desabrigado disfrutando de un dÃa veraniego. Mientras tanto, la tarada número uno de la Argentina tenÃa puesta una polera violeta y una campera gigante. Creo que ni en la Antártida usan una campera como la mÃa. Lo que pasa que mi vieja me rompió tanto esta mañana para que me abrigue que como cualquier mortal le hice caso y, gracias a ello, pasó algo sorprendente y mágico que les contaré a continuación.
Leer más...HabÃa caÃdo otra vez, se dio cuenta al llegar al fondo y ver los rostros a su alrededor. Abajo no estarÃa solo, muchos colegas lo acompañarÃan: escritores admirados, otros desconocidos, literatos descollantes, mediocres, inescrupulosos, abnegados, agudos, apasionados, concisos, obsesivos.
Leer más...No quiero exagerar pero la llegada de la tormenta sobre la cancha de River me hizo acordar a la secuencia final de Los Cazadores del Arca Perdida, cuando los nazis abren el cofre con la tabla de la Alianza hecha polvito y nace del cielo el torbellino horrible que darÃa entrada a los ángeles de la muerte. Algo asÃ. Los Arctics Monkeys le venÃan dando duro desde hacÃa como media hora arriba del escenario del Quilmes Rock cuando se levantó un viento muy fuerte y los rayos empezaron a destellar fuera de compás. Alex Turner, frontman de los Arctics, enajenado en su guitarra, empujaba a la banda cada vez más arriba sin dejar que el viento –que a esa altura se llevaba puesto los techos de lona de los accesos– moviera un pelo de su notable jopo.
Leer más...Ella se ubicó en el medio de la sala para regalarme un show que serÃa inolvidable. Al ritmo de un blues salvaje, comenzó a desvestirse. Se sacó el sombrero agitando sus cabellos enrulados y aflojó su falda sensualmente, para dejarla caer con un suave movimiento de cadera. Revoleó sus tacones, se quitó las medias, siguió con la camisa, luego el sostén.
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El lavadero de Matheu y Güemes, en San MartÃn, ofrece, sin ofrecerlo, un invalorable servicio a sus clientes: le cambia la ropa con la de otros clientes, de acuerdo al infalible criterio de la dueña del lavadero. En efecto: no debe uno extrañarse si lo que recibe difiere sustancialmente de lo que llevó a lavar, y si lo mira con atención, llegará a la conclusión de que el cambio es altamente positivo.
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Estaba deprimido, tan deprimido que solamente ansiaba acariciar la cabeza de alguien. “Mejor si es una mascotaâ€, pensé, y me acordé de mi perro de cuando era chico. No estoy seguro de que esto haya pasado asÃ, o si es una idea que vino después, algo inventado. El perro apareció justo debajo de la mesa. Lo reconocà de inmediato. Le dije: “Hola, Yerriâ€. Él movió la cola cuando le toqué la cabeza. Era igual al caniche que habÃa tenido, por eso le puse ese nombre. Yerri Kent se me subió en dos patas para rascarme el pantalón. Por las dudas lo llamé con otros nombres, pero no reaccionó.
Leer más...No, no tenés que hacer gimnasia, ni tener los abdominales marcados, ni correr siete o diez kilómetros tres veces por semana. No vale la pena el esfuerzo, no conduce a nada. Te lo digo porque yo fui nadador, en la adolescencia, nadaba como un loco, hacÃa los cien metros debajo del minuto, bajaba en el verano a la playa con esas mallitas chiquititas, pegadas al cuerpo, y me metÃa a nadar una hora al mar.
Leer más...Gracias a esos pocos morlacos que mis viejos aprendieron a mezquinarle a sus deseos, no hubo un dÃa de mi humilde tránsito por la escuela primaria en el que no comprara un turrón, un alfajor o dos chupetines, para saciar durante el recreo esas terribles ganas de ser niño para siempre. En el kiosco de la esquina del colegio, un momento antes de entrar a clases, uno se sentÃa grande decidiendo con cautela en qué gastar el dinero, mientras la mano húmeda acariciaba en el fondo del bolsillo del guardapolvo la redondez de los cincuenta centavos.
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