Si se me permite el tecnicismo, tengo un pedo. Quiero decir, gas. Desayuno fuerte, bien temprano, y es probable que no vuelva a casa hasta la nochecita. Me voy al centro, a laburar, por lo general no almuerzo. Vida de ciudad.
A la media hora, después de desayunar, sé que me podría tirar un pedo. Pero no es un pedo urgente, imperioso, incontenible. Sé que está ahí, puede esperar.
Te vas al centro, a laburar, o a hacer un trámite, en uno de esos modernos edificios que tienen treinta y siete pisos y doscientas ochenta y cuatro oficinas. Ascensores automáticos capaces de transportar hasta once personas. Entrás.
Ahí llega el momento. Desayunaste dos porciones de fugazzeta fría, un café con leche, un huevo duro y un alfajor. O mate, un vaso de Mirinda y una empanada de carne de hace tres días. O un té, un tercio de milanesa de pollo y dos mandarinas.
El ascensor se llena. Ejecutivos de sedosas corbatas, chicas con bombachas importadas tipeando absurdos mensajitos en sus táctiles pantallas, un señor mayor con lentes sin marco, una señora con un simpático trajecito color marfil.
Y te cagás. Lo soltás, finalmente, ese pedo generado durante el desayuno, tan tuyo, tan intenso, tan particular. Es un slip, apenas, o un prrr muy oscuro, muy ronco. Una inaudible vibración, nada más.
Contás hasta dos, después de cagarte como un chancho cimarrón, como un indómito jabalí. Contás hasta dos y preguntás algo, cualquier cosa, con absoluta naturalidad, a la persona que tengas al lado, a quien te preste algo de atención, al público en general. Preguntás si el estudio del Doctor Garófalo está en la oficina 633, o si el 132 para sobre Alem, o a cuántas cuadras estamos de la calle Paraguay.
Y mientras vos ya hiciste la pregunta, justo, llega el olor. La clave está en jugar con ese ínfimo delay, similar al que existe entre el rayo y el trueno (William Faulkner escribió alguna vez ‘el sonido y la furia’, pero, según entiendo, tampoco se refería exactamente a esto). Llega el olor entonces, repugnante, fétido, una hedionda frazada de la mierda más pura que todo lo cubre, lo inunda; un arma química y letal.
Como vos ya hiciste la pregunta, alguien te está contestando, y bueno, vos quedás excluido, relegado, vos estás prestando atención con una mezcla de imbecilidad y sencillez. Tu pregunta, tu acción, llegó antes que el olor. Eso te otorga inmunidad.
Es probable que la persona que te está contestando ya haya respirado una bocanada de aire. Verás cómo experimenta una profunda perturbación, se sonroja, parpadea varias veces, tiene un acceso de tos, se tira del pelo, consulta un imaginario reloj, se pasa una mano por la frente, se angustia. Porque ha llegado el olor justo cuando ella (o él) habla y entonces, por una cuestión digamos automática, el resto de los presentes asocia el pútrido olor que los invade con la voz cantante. Es un mecanismo de la mente; el olor, la náusea, golpea el cerebro al mismo tiempo que la voz de tu interlocutor y se transforman en uno. El olor y la voz. El pedo tiene dueño, es evidente, y quien está hablando, que sabe que no se tiró ningún pedo pero a la vez por un instante es preso del mismo razonamiento, se pone mal.
Justo en ese momento el ascensor se abre, en cualquier piso. Vos te bajás.


