por José Playo
Categoría: Relatos

Esa madrugada, antes de que el reloj marcara las cinco y cuarto, los labios de Felipe se abrieron para soltar un soplido burbujeante. Así se despertó.
–La puta… –dijo después.
A su lado María se volvió para mirarlo.
–¿Viejo?
Felipe estiró un brazo para acariciarla.
–Un sueño. Tuve un sueño muy raro, nada más.
La mujer encendió la luz, rescató su dentadura postiza que flotaba en un vaso con agua y se acurrucó sobre el brazo de su marido.
–¿Qué soñaste?
Felipe aclaró la garganta, el carraspeo resonó latoso en la habitación.
–Es muy raro –explicó–. Soñé que me drogaba.
–¿Que te drogabas? –preguntó ella con las vocales gangosas de un bostezo que se convertía en risa discreta.
–Sí. Es el sueño más raro que tuve en la vida –dijo, y guardó silencio mientras reconstruía los fragmentos opacos que se desprendían de su recuerdo. Por unos segundos se concentró en hundir un dedo enfundado en la sábana dentro del ombligo, como si por ahí se fugaran los detalles.
–¿Yo estaba en el sueño?
–Sí. Claro que estabas. Vos eras la que me traías la droga.
–Yo de drogadicción no sé nada –objetó, divertida, la mujer.
–Ya sé, ya sé. Pero acá hablabas con el chico de la farmacia, al que le compramos siempre las pastillas. Y vos le contabas lo que nos había dicho el médico –su mano había abandonado el ombligo para palmear con suavidad su propio pecho–, entonces el petizo, ¿cómo es que se llama el petizo este?
–Gonzalo.
–Ése. El Gonzalo te decía que había un remedio casero muy bueno para pasar los malos tragos.
–Estudia homeopatía, el chico, trabaja en una farmacia porque no le queda otra, pobre.
–Ya sé, ya sé –repuso Felipe ladeando la cabeza de un lado a otro.
–Bueno, dale, ¿entonces?
–Entonces vos le decías que no sabías, que el médico no había dicho nada de probar otras cosas, entonces el Gonzalo te explicó qué era y para qué servía el yuyo ese.
–¿Cómo se llamaba? –quiso saber ella.
–No me acuerdo. Algo parecido a la mandioca, no sé.
–¿Y?
–Bueno, la cosa es que el Martín…
–…Gonzalo –corrigió ella.
–Sí, el Gonzalo. La cosa es que el Gonzalo te vende una bolsita con los yuyos estos, y te explica cómo hay que prepararlos, cuánto hay que tomar, y esas cosas.
–¿Cómo hay que tomarlos?
–Bueno, mirá vos lo que son los sueños. Parece que a éstos tenías que cocinarlos, hacer unas galletitas de chocolate amargo –contestó Felipe, contento por haber rescatado ese dato olvidado.
–¿Bizcochitos?
–Sí –dijo él todavía sonriendo–. Bizcochitos caseros.
–¡Qué plato!
–Ja. Sí. Pero eso no es todo –continuó–. Vos llegabas a casa con los yuyos y la receta y te ponías a cocinar. Yo te estaba esperando en el living y sentía el olor.
–¿Entonces?
–Era un olor raro, me acuerdo. Como a sahumerio mezclado con pasto quemado…
–¿Y?
–Bueno. Vos dejabas las cosas en el horno y te venías a sentar conmigo.
María mudó su cabeza hacia el pecho de su marido. Siempre le había gustado sentir el latido acuoso y profundo del corazón que bombeaba la sangre caliente de Felipe, la misma sangre que, junto a la de ella, regó las semillas que ahora van por la vida con sus apellidos. Pensó en anotar esa metáfora, pero desestimó la idea cuando él prosiguió:
–Nos pusimos a hablar de nuestras cosas, de nuestra vida. ¿Viste las charlas que tenemos a veces a la tarde en el living? Bueno, así.
María sonrió y la vista se le humedeció.
–…y vos me traías un café irlandés, y después ibas y me traías la pipa y me dejabas fumar en el living, como si el humo no te molestara.
–Me molesta cuando está todo cerrado –corrigió ella, deslizando la yema de su dedo por el mentón de Felipe.
–Bueno, entonces nos quedábamos charlando de nuestras cosas, de lo bien que la hemos pasado en nuestra vida, de lo que significa la vejez –rememoró él.
–¿Seguíamos en el living?
–Sí. Estábamos todavía en el living y me acuerdo que caía la tarde y toda la casa parecía un caleidoscopio de rayos de sol –hizo una pausa y entrecerró los ojos antes de continuar–. Y trajiste los bizcochitos.
–¡Qué rico!
–Sí. Ahora que me acuerdo, al principio tenían un sabor medio raro, como el gusto de la salsa que hacía tu vieja, ¿te acordás? Al primer bocado te parecía que habías masticado una luciérnaga, pero enseguida afloraban los condimentos y las esencias y terminaba siendo una salsa de la gran puta.
Ella le dio un coscorrón suave a modo de lúdica reprimenda.
–Y con los bizcochitos pasaba lo mismo. Al segundo bocado el gusto pesado y perfumado del chocolate se desparramaba por toda la boca y ya no podías parar –Felipe hizo una pausa antes de agregar–: me dio hambre pensar en los bizcochitos.
–Ahora voy a prepararte el desayuno, pero terminá de contarme primero, que la historia es muy divertida.
–Bueno, la cuestión era que los bizcochitos estaban hechos con la droga que te había dado el petizo de la farmacia.
–Gonzalo.
–Ése, el Gonzalo –acordó él–. Y la cosa es que la droga esta no te hacía nada al principio; o sea, te la tenías que comer y esperar a ver qué pasaba.
–¿Y qué pasaba?
–Bueno, no me acuerdo muy bien, pero sí sé que nos terminamos la bandeja entera y en un momento estábamos los dos dándonos un beso.
Felipe se había vuelto para mirarla. En sus ojos brillaba una picardía infantil que a ella le despertó mucha ternura.
–¿Un beso cómo?
–Un beso de los buenos, de esos que nos dábamos cuando empezamos a salir, ¿te acordás? No nos podíamos separar, duraban como una hora.
La evocación hizo estremecer a María y Felipe la atrajo hacia él, envolviéndola con la sábana hasta el cuello.
–Me acuerdo –dijo ella.
–Y nos empezábamos a acariciar… –agregó con los ojos cerrados.
–Qué lindo sueño, viejo.
–No termina ahí, ¿eh? Ojo; falta la mejor parte.
–Dale, entonces.
–Bueno, la cosa es que, andá a saber si por la droga o qué, nos agarraba como un entusiasmo bárbaro, y a mí me parecía que el tiempo iba más lento, como pasa siempre en los sueños, ¿viste? Pero acá no sólo que el tiempo iba lento, sino que se me habían despertado todos los sentidos, porque mientras te besaba a vos, escuchaba clarito el canto de los pájaros en el jardín, la campanilla de los carillones, la música suavecita de la radio. Era como si de repente se me hubieran destapado los oídos.
–Ajá –acordó ella, alentándolo a seguir.
–Y entonces me agarraba como un ataque de amor, Bonita.
Ése era el término que Felipe utilizaba para llamarla en la intimidad. María levantó una pierna y la entrelazó a las de su marido. La cercanía los hizo reavivar un calor aletargado que los hermanaba desde tiempos remotos.
–Y era como un ataque de amor que no podía esperar –continuó él–, una mezcla de ansiedad con urgencia… No sé cómo explicarlo.
–Te entiendo –afirmó ella.
–Bueno. Y yo te besaba, pero tenía los ojos cerrados y me imaginaba que estaba besando a la María que eras cuando nos conocimos, cuando éramos jóvenes.
–Era mucho más linda que ahora –comentó ella con pesar.
–No, eras distinta, pero se ve que esa imagen es la que te queda en la cabeza y que ya no se te va más. Mirá el tiempo que ha pasado y yo te digo que en el sueño te besaba y me parecía que estaba besando a la María joven que eras cuando nos conocimos.
–Te entiendo; ¿y?
–Bueno, entonces empezábamos a sacarnos la ropa y subíamos las escaleras, dejando a nuestro paso los zapatos, los pantalones, la camisa, el delantal…
–¿Veníamos a la pieza?
–Sí, veníamos a la pieza. Y cuando llegábamos acá, estábamos los dos desnudos, y nos tirábamos en la cama y no podíamos dejar de besarnos. ¡Vieras qué lindo sueño! –agregó, blandiendo una mano en alto para enfatizar la expresión.
–Muy lindo.
–Y de ahí no me acuerdo más.
–¿Ahí terminó?
–No sé, de ahí tengo como recuerdos difusos. Pero me parece que nos echamos el polvo del siglo, María.
Una risita nerviosa se le escapó a ella, y él aprovechó para besarle la frente.
–Tengo hambre –dijo Felipe.
–Quedate acá, voy a prepararte el desayuno, ¿qué hora es?
Felipe volteó la cabeza para mirar el despertador:
–Cinco y veinticinco –contestó–. No sé para qué carajo me despierto tan temprano.

María salió de la habitación y se encaminó hacia la cocina. En el trayecto recogió la ropa que había en el suelo y en la escalera. Después fue hasta el living, juntó las tazas de café, la bandeja con los bizcochitos y se dispuso a preparar el desayuno. Mientras el agua hervía, guardó el resto de los yuyos en una lata vacía. Después sacó del armario, donde guardaban los medicamentos, las pastillas de Felipe y las de ella. Las acomodó en un plato pequeño junto a las tazas en la bandeja.

Se sentía bien y aguardó junto a la pava hasta que el agua se pobló de burbujas. La molestia de su vientre había cedido por la noche, su cabeza estaba despejada y fresca. Contempló el jardín oscurecido del otro lado de la ventana, las plantas mecidas por un aire frío de agosto, las gotas pequeñas de una llovizna desganada estrellándose contra el vidrio.

Pronto moriría. Su vientre acabaría por ceder y las medicinas ya no surtirían efecto. Felipe, con su Alzheimer, iría a parar a un geriátrico, abandonado a la suerte de los que estorban. «Qué viejos estamos», pensó.

Antes de regresar a la habitación, palmeó la lata con los yuyos, y planificó un domingo sin visitas y sin teléfono. Sólo ellos, rememorándose, disfrutándose, como en los viejos tiempos.

 
 

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