por unServidor
Categoría: Relatos

Pese a la sangre patricia (descendía de quien decretó en 1811 que los indios dejen de pagar tributo a España) su padre optó por ser maestro rural, y por eso el niño creció jugando en el monte, junto al río Coronda de Santa Fe. Recibido de médico, tuvo que irse a Paraguay tras osar hablar sobre seguridad laboral en el Chaco, en pleno gobierno militar. Pronto estalló la guerra entre ese país y Bolivia y Maradona se anotó como médico camillero; pero debido a que salvaba vidas de ambos bandos fue sospechado de espionaje y encarcelado en Asunción. Sin embargo, de la celda pasaría a ser jefe del Hospital Naval de esa ciudad: alguien comprendió de qué estaba hecho este hombre que no veía que el dolor respete fronteras. En esos años, en que también se ocupó de un leprosario, quiso el destino que pierda a su única novia, víctima de la fiebre tifoidea.


Esteban Laureano Maradona decidió entonces venir a Buenos Aires para poner un consultorio en Lobos, donde vivía su madre, previa visita a su hermano en Tucumán. Cuando el tren hizo una parada en la estación Guaycurrí, en pleno monte chaqueño, ocurrió que una nativa estaba pariendo dificultosamente y su vida corría peligro. Salvándola supo de las carencias de este pobre rancherío sin luz, agua corriente, gas ni médico. El silbato del tren pronto anunciaría el reinicio de su marcha. Al partir la formación, ya lo haría con un pasajero menos.

Medio siglo después, aún está allí el doctor Maradona. Y aún faltan los mismos servicios, incluso en la humilde casa desde la cual atiende gratuitamente a nuestros paisanos los indios, los mismos que al principio rodeaban aquel rancherío amenazando de muerte al médico, mal acostumbrados a ser engañados por los blancos. Maradona, sin embargo, les opuso solamente su altruismo y conocimiento para librarlos del cólera, la sífilis, la lepra o el chagas. Y así, tobas, matacos, mocovíes y pilagás lo llamarían Piognak: "doctor dios".

Maradona les enseñó a confeccionar ladrillos y a trabajar la tierra. Les buscó agua potable, trazó caminos, denunció la explotación a la que los sometía el capital azucarero, fundó una colonia, una escuela bilingüe para los aborígenes (la primera del país), ayudó al progreso de aquel pueblo hoy llamado Estanislao del Campo, y todo sin aceptar nunca un cargo político.

A los 91 años, su salud se quebró y un sobrino de Rosario lo trajo a su ciudad para atenderlo. El país en ese entonces estaba atento a otro Maradona, uno que goleaba en México. En Rosario, Esteban, médico de los pobres, antropólogo de campo, naturalista estudioso de la flora y la fauna, escritor, investigador y ante todo buena gente, morirá cuando esté cerca de cumplir el siglo.

Podrían haber sido su orgullo los reconocimientos simbólicos de Occidente, como los premios que le ofrecieran la ONU y otras instituciones cuando ya todo estaba hecho. Pero eran otras sus alegrías, como se desprende de sus palabras: "Un día me sentí morir y me empecé a despedir de los indios, con una mezcla de orgullo y felicidad, porque ya se vestían, se ponían zapatos, eran instruidos. (...) Creo que no hice ninguna otra cosa más que cumplir con mi deber". Mientras pudo, los libró de la desnutrición y el dolor. Maradona, la mano del doctor Dios.

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"Se ha dicho que vivir en austeridad, humilde
y solidariamente, es renunciar a uno mismo.
En realidad, ello es realizarse íntegramente."

(Dr. Esteban L. Maradona)

 
 

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