Soy hija del sopapo limpio que pasó de generación en generación y llegó a mi mano de la mano de mi madre y mi abuela. Y nombro también a mi abuela porque ella nunca dudó en ponernos en órbita con un bife picante cuando lo consideró lo mejor. Y nadie se lo reprochó tampoco.
Conozco tantas formas de intimidar a un hijo para lograr que deje de zapatearnos en la cabeza, así como conozco también padres de hijos zapateadores. Está la Gallega y el castigo de la “no tevé”. Está Sabri, a la que jamás le conocí un punto para su hija; y sí que vi a esa hija desafiar todos los límites. También Flor: ella me mostró que una madre puede compenetrarse tanto en no compenetrarse en su pequeño demonio, especialmente cuando el hijo gira como trompo agarrándose de un semáforo, sin despertar nada de ira en ella, ni siquiera el miedo a que se lo pise un bondi.
¿Quién no viajó en colectivo, asistió a un cumpleaños o hizo una compra en el super y no le tocó padecer las técnicas de evasión de la autoridad de un nenito insoportable? Muchas veces tengo ganas de meterme para resolverle a esa señora el llanto caprichoso de la nenita que grita “¡COMPRAMEEEE, DAMEEEEE ESOOOO!”
Bueno, tengo mi propia hija, tengo dónde aplicar todo el rigor que yo considere. Tengo, además, la obligación de continuar con el legado. Nosotros no nos pasamos un nombre, nosotras nos pasamos el revés. Mi abuela ponía a los cinco hijos en fila y daba un bife en escalera, al mejor estilo “Los tres chiflados” que sorprendía. Mi vieja nos corría y siempre nos enganchaba en algún rincón.
Mi último cachetazo lo recibí a los 18 años. Yo hablaba por teléfono con la rubia y le contaba que me habían dicho que no salía porque no había ordenado mi cuarto. Yo le insistía en que me iba igual, que mi vieja estaba loca si creía que me iba a quedar. Un bife llovió de atrás directo a taparme un ojo y medio pómulo. No salí, obvio. Nunca más intenté hacerle frente, estaba lo suficientemente grande como para entender que la madre es la madre siempre. Y la madre pone límites.
Y nadie se plantea que un límite así sea una violación a ningún derecho. Claro que no estamos hablando de palazos en la espalda ni cinturonazos en las nalgas ni duchas frías en invierno. No, estamos simplemente hablando de un sopapo, ése que te despega las lágrimas a tiempo para entender que seguir llorando no sirve de nada. El que te devolvía a la realidad cuando quedabas poseído por mucha tele o muchos caramelos. “Nadie” ahora no incluye a los nenes de sala de cuatro, menos que menos en la semana de los derechos del niño. Probá, ¿no me creés? Lo viví hace unos meses.
Mi nenita corría por el livingcito del depto, taconeaba insistente, se desvestía y disfrazaba, tiraba muñecos, hacía cosas de chicos pero tan todasjuntas que me hacía dudar y me tentaba la idea de abandonar el lugar y dejarla a su suerte. En un rapto de genética y herencia, tuve que apelar a la amenaza. La amenaza es la técnica mejor aplicada del bife aprendido de mamá. Vos lo mencionás y el hijo se calma. No lo usaste, no dejó marcas. Le sugerí: “Si no te calmás, vas a cobrar”. Eso, la semana previa a que ella descubriera que a sus derechos los defiende ella antes que nadie, la hubiese devuelto al orden. Pues, ya no es lo mismo. Simplemente tuvo que mirarme desafiante, cruzarse de brazos y sugerir: “Y yo voy a llamar a la policía”. Y ahí entendí. Estos nenitos de ahora, además de usar tan naturalmente la tecnología, están muy bien asesorados.


