Esta es una historia real.
Iba a ese lugar siempre que podía. No sabía por qué lo hacía, y ni siquiera estaba seguro de cómo llegaba allí. Tenía en claro que debía subir a un colectivo que iba desde Flores –donde vivía– hasta Barrancas de Belgrano y después tomar el tren a San Isidro.
Una vez que se bajaba simplemente empezaba a caminar sin saber qué lo guiaba, y luego de un rato siempre llegaba al mismo lugar. Lo llamaba "el mirador" porque estaba en una zona elevada y desde ahí podía ver el río. Ese sitio lo atraía misteriosamente, lo extasiaba y lo atrapaba por todo el tiempo que se pudiera quedar.
No le contaba nada a su familia, porque iba cuando se rateaba de la secundaria. Su familia era su papá y un par de tíos, hermanos del padre, que vivían todos en la misma casa. Era hijo único, no tenía abuelos y su mamá había fallecido en el parto. Para no sufrir con el recuerdo de la mamá y esposa, tan amada y fatalmente perdida, los adultos la borraron literalmente de sus vidas y, por extensión, de la de su hijo. Desaparecieron todas las fotos y nunca más se la mencionó; era como si nunca hubiera existido. Él vivió como si hubiera nacido sólo de su papá, sin ningún dato ni comentario acerca de quién lo dio a luz. Esta situación era para él tan natural que jamás preguntó nada al respecto, y así creció sin mamá ni recuerdos de ella.
Cuando cumplió 18 años el padre lo sorprendió regalándole su Ford Falcon. Feliz y agradecido decidió contarle su secreto a su papá y llevarlo a ese lugar mágico que lo había atraído tan misteriosamente los últimos años. Se subieron al auto y empezaron a andar.
Tuvo que pedirle a su padre que le indicara cómo llegar hasta San Isidro, ya que no había ido nunca en auto y no tenía idea de cómo manejar hasta allí. Le pidió que lo guíe hasta la estación de trenes convencido de que, una vez ahí, su intuición le iba a indicar por dónde ir. Una vez que llegaron a la estación, parecía que el auto iba solo. Varias cuadras a la derecha, volver a girar, y así hasta acercarse al destino final.
Cuando estaban a unas tres cuadras de distancia, su papá le agarró el brazo y le preguntó hacia dónde estaban yendo. Sorprendido, le comentó que faltaba poco y que ya estaban llegando a ese lugar que a él le gustaba tanto.
De repente, el mirador apareció ante ellos, y en el mismo instante en que su padre lo vio, se puso pálido y casi en un susurro –porque la emoción le apretaba la garganta– le preguntó cómo había conocido ese sitio.
Su hijo le explicó entonces que siempre iba allí aunque no sabía cómo ni por qué, que llegaba como guiado por algo y sentía un enorme placer cada vez que se sentaba en ese lugar, donde se podía quedar por horas. Sin embargo mientras lo contaba, estaba sorprendido con la reacción de su padre y quiso saber qué le pasaba, por qué estaba así. Con lágrimas en los ojos y completamente aturdido, su papá le contó que ese sitio mágico había sido el preferido de su mamá, por años. Que ella siempre le pedía que la llevara y se quedaba extasiada admirando el paisaje durante horas. No podía creer que su hijo, que jamás había oído una palabra sobre la vida de su madre, hubiera ido a parar a ese sitio que había sido tan especial para su esposa.
Los dos se abrazaron, sin palabras, aunados por la emoción, sintiendo que no eran sólo ellos los que se unían en ese instante, sino que un par de brazos más los estaba rodeando a ambos.


