Una linda salida planeada desde hacía una semana. Un grupo de gente mixta.
Llegamos a un bar pequeño, donde nos esperaban más amigos de amigos. Era una cadena de conocidos que hacía de la reunión un festejo inolvidable.
Fui a la barra con una de las chicas, como acostumbrábamos a hacer en este tipo de salidas. Me quedé hablando con ella de la vida, de la música. Bailamos, tomamos y reímos.
De pronto él traspasó la puerta y nuestros ojos fueron directamente a su persona. Volvimos nuestras miradas y sonreímos tímidamente. Nadie parecía conocerlo.
Se detuvo al lado nuestro y actuamos como si no importara, hasta que llegó un amigo en común y nos presentó. Pero seguimos en nuestro plan y él en el suyo.
Me alejé de la escena por unos minutos debido al intenso calor. Quizá me había sonrojado de más. Seguí de charla, olvidando a ese individuo que pareció llamar mi atención.
Volví a entrar, me acerqué a otra amiga que estaba bailando y comenzamos a exagerar algunos pasos en medio del bar. Alguien se puso a hablar con ella y a pedirle fotos, mientras yo quedé en un costado.
Me di cuenta que al lado mío estaba quien había logrado sonrojarme sin decir una palabra. Comenzamos a hablar.
Me miró directamente a los ojos y, como deslumbrado, creyó que eran de un color claro. No era cierto, quizá su presencia transformaba y la luz contribuía con ese efecto. Los suyos eran de un color increíble, entre celeste, gris y verde. Muy extraños e intensos.
Seguimos hablando y riendo, mirándonos a los ojos.
Pasó a su lado un amigo y le convidó un trago sin decir de qué se trataba. Sonreí al ver su cara luego de aquel sorbo y pregunté qué era. Me propuso darme un beso y ahí descubrir el brebaje. Me sonrojé y lo miré...
...y si tuviera el no más fácil no habría historia que contar.


