La alegría está sobrestimada en estos tiempos. Sospechosamente sobrestimada. Hay un esfuerzo social para estigmatizar la tristeza, para imponerle a la sociedad la buena cara, la sonrisa forzada, la vocación de empuje ante lo que se opone. Hay un apostolado sobre el proactivismo, la palmadita en el hombro para alentar esa vocación de no bajar los brazos.
No deja de resultarme sospechosa esa tendencia, ese esfuerzo de los monitores de la comunidad para que nadie se deje caer en las hondas simas de la tristeza. Podrán faltar vacunas pero sobra Prozac. Remedios para la tristeza, como si ésta fuera una enfermedad. Porque en un mundo de guerras, hambrunas, SIDA y desempleo, ¿la tristeza no debería ser el sentimiento normal? ¿Cuán sana puede ser la alegría en el mundo que nos toca vivir?
Esa preocupación se relaciona directamente, sospecho, con el enorme potencial revolucionario de la tristeza.
Por un momento, hagamos el esfuerzo de imaginar un coordinado ejercicio de tristeza.
Mañana, por caso, nos levantamos tristes. Pero cuando digo, nos levantamos, esto es nos levantamos todos, cada uno, en sus hogares, en sus casas, caminando por la calle, colgados del colectivo o empujando en el subte. Todos tristes, todos en brazos del desgano y la apatía. Un día, dos. Más aún. Otro día más y antes de que termine la semana, prescindimos de los sonajeros del consumo, agitándose delante nuestro, para distraernos de esta tristeza propia.
Dejamos de comprar ese perfume chic, el lujoso coche aquél o ese inaccesible reloj que te hará querido. Sumidos en la depresión y en la tristeza, dejamos de consumir. Mejor sentarnos en nuestras casas, a oscuras, apagando radios y televisores, hundiendo nuestros mentones en el pecho, tal vez pensando en ese momento en el que el mundo pudo ser mejor.
O ni siquiera eso. Sólo tristes. Nada más que tristes.
Torzamos el rumbo. Dejemos de ir al trabajo. Llamemos (o tal vez no) y avisemos que no tenemos más ganas de levantarnos, de salir de la cama, de apurar el desayuno y correr tras el tren que ya parte de la estación para llegar a hora. Si quieren despedirnos, que nos despidan. No habrá nadie que tome esa renuncia.
Porque estaremos así, de brazos cruzados, cansados de esperar la felicidad en este mundo. Nos hundiremos en nuestras poltronas, a esperar que se derrumben las paredes, a que la noche caiga sin ningún deseo de movernos de nuestros sitios.
Ignoremos el amor, ese sucedáneo del deseo. Ni la caricia estará permitida. Que los labios se sellen; será la hora del exilio del beso. Alejemos con desgano el orgasmo requerido. Retaceemos el esperma. Vaciemos los vientres femeninos en una temporada de sequía. Colguemos carteles de fuera de servicio, eyaculando al vacío.
Que los mercaderes de los espejitos de colores se encuentren con sus tiendas abarrotadas, sus dulces mohosos, sus vidrieras atestadas de paquetes luminosos. Que los dirigentes del discurso grandilocuente y el gesto épico se encuentren sin la sangre necesaria para poner en marcha los engranajes de su maquinaria de guerra. Que los imanes fanáticos no encuentren cuerpos en donde asir sus bombas caseras. Que los corruptos que negocian nuestros destinos en el casino de los parlamentos del mundo, comprendan que lo acumulado en sus cuentas suizas no les servirá, porque no habrá nadie que quiera compartir con ellos esta farsa cotidiana de la alegría.
Paseen con sus Mercedes Benz, exhiban sus Rolex y fumen sus habanos. Pueden hacerlo, como lo han hecho todo este tiempo. Nadie se los impedirá. Pero no esperen que los aplaudamos. No habrá claque para seguirles el juego, soplar las cornetas y arrojar el papel picado a su paso.
Sepan que estarán solos. Porque nosotros estamos muy ocupados en estar tristes.
No será igual, no será lo mismo. Se cansarán de esta fiesta sin bullicio. Y se sentirán, sin proponérselo, tristes. Con su inagotable capacidad de contagio, compartirán nuestra tristeza y llegará el punto, el umbral crítico, en el que no habrá marcha atrás. Como las fichas de un dominó cósmico, irán cayendo, uno a uno, en las pesadas redes de la melancolía. Cegados en su gusto, sus máquinas para atontarse dejarán de tener efecto.
Todo será negro, densamente negro, oscuro, abrumadoramente oscuro.
Sin tirar un tiro, sin volar un puente, sin matar un alma (más que la nuestra), obliguemos al mundo a detenerse. Que mire, ensimismado, la orilla del abismo. Sacudamos los cimientos en una revolución triste, un épico grito de protesta, un gesto mudo como un dedo apuntado al centro del Universo.
Corroídos, tambaleantes, finalmente vencidos, deberán imaginarse otro Universo y, sin dilación, construirlo, bajo el riesgo de su disolución definitiva.
Si no podemos ser felices, tengamos, por lo menos, la dignidad final de nuestra tristeza.
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