Estábamos en el aula. De pronto entró el director, seguido de un alumno nuevo, vestido con ropa de La Salada, y de un preceptor que cargaba una PC vieja y enorme. Los que dormían se despertaron, y todos se pusieron de pie, como si los hubieran sorprendido trabajando.
De la PC asomaba una hilacha en el lugar de donde debería salir un cable y, en un descuido del preceptor, el alumno nuevo agarró esa hilacha y fue tirando hasta que se transformó en un hilo larguísimo. Todos recordamos los pañuelos que salen de las galeras de los magos y, tal vez por eso, el alumno nuevo fue inmediatamente aceptado por la clase entera. Menos, claro, por el preceptor.
“Me llamo Rodrigo Páez, y vengo de La Matanza”, sentenció el nuevo. La profesora le dijo que se siente. Rodrigo esquivó un par de sillas despatarradas y cartucheras sobresalientes y se sentó al lado mío. “¡Eh, Hilacha! Bienvenido a la fila del fondo”, le dije, y no escondió la alegría. Pasaron los meses y el Hilacha nunca paró con las travesuras. Algunas inocentes, y otras no tanto.
Todos los días nos juntábamos en la esquina del colegio a esperar que sonara el timbre para entrar. Era el momento en el que los vagos y olvidadizos nos enterábamos de que había tareas que no habíamos hecho y lecciones para las que no habíamos estudiado. Esa mañana, el Hilacha se acordó de que había prueba de Educación Cívica y ni siquiera había leído el manual. Pero él ni se mosqueó, tenía plan para zafar: “me voy a hacer el enfermo, siempre garpa”, dijo con una sonrisa optimista, mientras caminábamos hacia el portón de entrada.
“Le digo que es la panza, que comí muchos chocolates y me cayeron mal”, me dijo. “Los pibes vivimos comiendo chocolate.” Ya dentro del aula, con la hoja en blanco y sumergido en el silencio del examen, el Hilacha comenzó con su plan. Levantó la mano para hablar, sin quitar la vista del pupitre, y esperó que la maestra lo autorizara. Pero no escuchó nada. Entonces miró a su alrededor y se percató de que todos estaban quietos. Era como si el tiempo se hubiese detenido para todos menos para él.
Primero carraspeó. Nada. Después tosió fuerte. Nada. Incluso se arriesgó a uno de sus estruendosos pedos de axila, pero nadie se rió. Ni la maestra, ni Paulina la buchona del curso, movieron un sólo músculo. Yo sentí un poco de culpa por haber ideado la venganza, y en un momento casi le cuento la verdad. Pero estaba saliendo tan bien, y había logrado un nivel de complicidad tan absoluto (todos habían sido en mayor o menor medida, víctimas de sus bromas), que el orgullo pudo más y me quedé en el molde. Pero Hilacha hizo algo que jamás hubiera imaginado.
Se levantó, se acercó a la maestra y se bajó los pantalones tan rápido que ella no pudo evitar el primer chorro. Todos estallamos en carcajadas y al Hilacha lo mandaron a dirección. Se había pasado de mambo esta vez.
“Ahora te quiero ver, pibe”, dijo el preceptor mientras lo llevaba a los tirones. “Cuando el director se entere de la que te mandaste, te rajan y no te vemos más el pelo. ¿Entendiste?” En la puerta de la dirección el preceptor golpeó dos veces, pero nadie contestó. El director hablaba por teléfono. “¡Raulito Páez viejo y peludo nomás! ¿Te acordás de todas las que nos mandamos juntos? Acá me están por traer a tu hijo Rodrigo Hi-la-cha Páez que parece que meó a una profesora. ¿Podés creer? ¡Ni nosotros la hicimos ésa! ¿Anda todo bien por el Ministerio?”
El preceptor miró a Hilacha con odio. “Pedazo de gil. Éste no te va a castigar. Vení conmigo.” Hilacha se asustó. No le tenía miedo al director. Es más, confiaba en su reto fingido. Pero al preceptor sí.
“Ahora vas a cobrar”, le dijo. Lo llevó a la sala de preceptores. No había nadie ahí. Lo miró de pies a cabeza y tomó una hilachita de su buzo. “Sentate, pibe”, ordenó. Estuvieron unos veinte minutos quietos. Hilacha se aburrió y empezó a hojear una revista. De pronto, el preceptor ató la hilacha a un clavo salido. “Cuando suene el timbre te podés ir.”
Pasó el tiempo. El preceptor empezó a cabecear y, finalmente, se quedó dormido. Entonces el Hilacha se levantó de la silla y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa. Primero lentamente, luego más rápido... mientras corría, se reía a carcajadas. Cuentan en el colegio que descubrieron al preceptor asfixiado debajo de una tonelada de hilachas, y que aún hoy pueden escucharse las carcajadas de Rodrigo.
Autores: Oblogo, Anahí Flores, Bruno Martínez, Alejandra Arellano, Tatiana Enrique, Sebastián Stanicio, Bruno Tórtora, Flor Ruiz Diaz, Lu Delor y Verónica Arjones.
Autor de la ilustración: Emanuel Alippi - www.behance.net/emanuelalippi


