Imagine que encuentra un dedo en la taza de té que está tomando.
Imagine que está en la casa de una señora que acaba de conocer. La señora es su vecina, usted recién se muda al edificio y en un acto de amabilidad, decidió ayudar a la señora con las bolsas del supermercado con las que entraba al mismo tiempo que usted.
La señora es muy mayor y vive sola, le cuenta mientras usted carga las bolsas y ambos esperan el ascensor. Le agradece repetidas veces su acto de amabilidad, pondera su solidaridad y se lamenta de que ya no quede mucha gente así en el mundo.
Es tan mayor la señora que apenas tiene pelo en la cabeza. Cuando llega el ascensor se prende de su brazo, como si fuera un bastón, para dar el primer paso hacia el interior. A usted le molesta ese contacto, no suele permitir que los desconocidos se tomen esas libertades, pero no tiene salida y siente la reconfortante sensación de ayudar a alguien que lo necesita.
La señora le cuenta que sus hijos no van a visitarla nunca, historia repetida y remanida que usted escucha con comprensión y desinterés, mientras piensa en cuál será el lapso de tiempo recomendado para charlar con la señora antes de seguir con su vida.
La señora vive en el piso de arriba del suyo. Bajan del ascensor, ella primero, usted detrás, y la sigue caminando más lentamente que lo habitual. La señora ni le pregunta si desea pasar. Antes de que usted pueda amagar con dejar las bolsas en la puerta, ha entrado a su casa y le grita desde la cocina para que ingrese usted también. Decide seguir adelante con el acto de bondad, casi con entusiasmo pese a la molestia que le genera el asunto.
Deja las bolsas en el piso y se dispone a partir, pero la señora le pide por favor que le coloque algunos productos en la alacena, ya que ella no alcanza. En microsegundos, usted analiza posibles excusas para evitar la tarea y salir de la casa, que huele a casa de viejo. No encuentra ninguna y comienza a ordenar los productos siguiendo las órdenes de la señora, mientras la imagina descuajeringada en el piso al intentar agarrar cosas en ese estante tan alto.
Al terminar, la señora le ofrece una taza de té o mate cocido, y usted declina cortésmente la invitación. Pero los ojos de la señora se humedecen cuando justifica su respuesta, porque claro, seguro que usted tiene cosas mejores que hacer antes de pasar un rato con una mujer mayor y aburrida. La señora tiene razón, por eso usted le responde que bueno, que puede tomar un tecito.
Así que ahí está usted, en la mesa del comedor, forrada con plástico para que no se manche, esperando el té de la señora que le cuenta que ese edificio tiene tan poca gente joven, son todos viejos, parece un geriátrico y toda gente sola, siempre gente sola que camina por los pasillos arrastrando los pies, parece una casa embrujada por la noche, faltan los sonidos de cadenas nomás.
La señora viene con una bandeja con el té, se lo sirve y se sienta al lado suyo, mirando cómo lo toma. Usted experimenta una profunda incomodidad, pero sonríe y asiente a todo lo que ella le dice.
Es hasta la mitad de la taza que usted nota, en medio del líquido oscuro, una cosa rara. Algo que no pertenece ahí. Le extraña no haberlo notado antes. La señora sigue charlando lo más animada sobre lo difícil que está todo, mientras usted remueve la taza tratando de descubrir qué es la cosa dentro de la taza. Se lleva un poco más de infusión a la boca, para vaciar y poder ver con más claridad.
Entonces ve el dedo. La señora le está diciendo lo caro que le costó el kilo de tomates que compró esta tarde, pero usted no la escucha. Siente el horror y la parálisis, y no puede quitar la vista del dedo cercenado en el fondo de la taza de la que estuvo tomando.
Imagine que palidece tanto que la señora se alarma, y le pregunta si se siente bien. Usted no quiere asustarla, y le mira las manos para ver si el dedo es de ella. Suena ridículo y lo sabe, pero usted está en una situación que nunca pensó que viviría, y teme que si devela el hallazgo, la señora se espante, se desmaye o peor, se quede dura ahí mismo. No quiere ni pensar en el despelote que eso significaría.
Una vez que se cerciora de que la señora tiene todos los dedos, usted trata de recomponerse y le dice a la señora que le bajó un poco la presión, y que mejor se va a su casa. Se levanta con la taza en la mano para deshacerse del problema y se dirige rápidamente a la cocina. El mareo sigue, acompañado de un sudor frío que le cubre la cara.
Imagine que llega a la cocina y tira el contenido de la taza a la pileta. El dedo cae con un rebote y queda a la vista por primera vez, en toda su impúdica soledad. Imagine que lo toma con asco, y es entonces cuando descubre que es usted quien tiene un dedo de menos.
Imagine que justo antes de desmayarse, la señora se acerca a usted, hablando del clima, con un reluciente cuchillo en la mano.
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