Yo creo que a todos alguna vez nos pasa; me parece que todos dudamos alguna vez de nuestra sexualidad. Aunque seguramente varían los desencadenantes de esas dudas.
A mí me sucede cuando estoy cerca de un hombre que trabaja con herramientas. Un mecánico, un plomero. En esas situaciones, yo dudo de mi sexualidad.
Yo estudié siete años de primaria, cinco de secundaria, unos cuantos de facultad. Escribí un libro, leo mucho, más o menos me las rebusco en cualquier tema de conversación. Pero así y todo jamás retuve lo que es la termocupla, ni el caño de media, ni el encofrado, y si me apurás no distingo la llave francesa de la pico de loro. Y entonces me veo en situaciones delicadas.
Se da el caso, por ejemplo, de que el plomero me pide que le alcance algo, y el tipo da por sentado que yo sé de qué me está hablando, el tipo descuenta que lo sé porque se nota que he estudiado, porque hablo bien y encima llevo corbata, pero además y sobre todo... porque soy hombre.
El tipo asume que yo entiendo de termocuplas y que, por supuesto, sé perfectamente qué verga viene siendo el chiclé de baja, y que obviamente no tendré problemas en alcanzarle la mecha de widia de la dimensión apropiada (si los nombres no son correctos, sepan disculpar: recuerden que estoy en pleno proceso de asumirme como mujer hecha y derecha).
El tipo, además, me ha hablado de fútbol y ha encontrado un eco propicio; ha mencionado a una vedette y los dos hemos coincidido. Él cree que está en presencia de un igual, de un hombre como él.
Da por sentado que el cortafierro y yo somos un ente inseparable, que el buscapolo es una extensión de mis dedos, que la amoladora no me guarda secretos. ¡Si los hombres adquirimos esas habilidades con los genes! Y ahí, en esa verdad biológica de los genes (que el humilde trabajador no manifiesta pero que yo leo cristalinamente en su gesto confiado, en sus dedos hábiles, en su sonrisa cómplice), es donde me entran las dudas.
Ahí es donde pienso que algo salió mal durante mi gestación. Porque, a mí, el cromosoma de la termocupla, definitivamente, nunca me llegó.


