“Sabés que odio leer, no me insistas más con los libros. No me gustan los libros.”
Así me decía mi hija menor y clavaba su aguijón hiriente e impiadoso desde la breve altura que sus diez años le habían concedido.
Yo con el libro en la mano, tratando de ocultar la herida, me retiraba del campo de batalla y lo depositaba entre otros tantos que habían fracasado conmigo en la empresa de ingresar al mundo mágico de su imaginería; Roald Dahl, Mariño, Ema Wolf y otros miraban impotentes desde el piso, a los pies de la cama.
Todos los días antes de taparla y desearle buenas noches, le canté una canción o le conté un cuento. “¿Qué querés esta noche: cuento o canción?” le decía con la guitarra en una mano y un libro en la otra. Todas las noches durante diez años, es decir 365 multiplicado por diez que sin contar los bisiestos me da un total de 3650 noches de cuentos y canciones.
“Sabés que odio leer” me decía derrumbando de un soplo la arquitectura que creí haber construido en torno a ella para que pudiera viajar y gozar como yo, por los infinitos mundos que se abren entre las páginas de un cuento o una novela. “No me gustan los libros” declaraba impunemente desde esa especie de adolescencia temprana.
Pero un día llegué antes del trabajo y por algún motivo que no recuerdo ahora; yo, que siempre llego cantando a casa, entré en silencio.
No había en la casa sonidos de actividad y pensando que mi hija dormía una siesta, me acerqué sin hacer ruido a la puerta entrecerrada de su dormitorio. La luz de su velador estaba prendida y ella, de espaldas a la puerta leía “Matilda”. Iba por las últimas páginas. Sigiloso como me acerqué, di marcha atrás y salí de casa para volver a entrar cantando como siempre. Me encaminé nuevamente a su dormitorio y la encontré simulando dormir. Tomé “Matilda” de la cima de la montaña de libros supuestamente abandonados por su indiferencia, me senté en el borde de su cama, le di un beso a mi hija, ella abrió sus ojos y le ofrecí el libro: “¿Estás segura de que no querés leerlo? Es una historia hermosa”. Y ella: “Cuántas veces te tengo que decir que no me insistas más con los libros, sos un pesado”. Por eso me levanté, volví a dejarlo donde estaba y simulando estar herido, me retiré feliz de su habitación.


