Suena el silbato. Dios mío. Empieza el partido, la pelea por el ascenso. La gente arde. Hay tambores, cornetas, chicos con las caras pintadas de blanco y rojo. Somos un montón de gente nerviosa en un club de Ramos Mejía.
VAMOS.
Sí. Grito. Grito cada vez que hacen un tanto. Aplaudo con fervor. Chiflo cuando el equipo contrario se acerca al aro. Es una locura. Es la final. Y yo no entiendo nada. No entiendo las faltas, no entiendo nada. Y no entiendo, por sobre todo, cómo llegué a ser la novia de un basquetbolista. Yo, con esta “estatura media”, con este antideporte encima con el que vivo. No sé. En una época solía ir al gimnasio a hacer bicicleta fija, ¿con eso lo habré conquistado? Llegué a hacer una clase de latino, incluso, que fue muy pero muy triste. Después, bueno, me dediqué simplemente a guardar el carnet vencido en la billetera. Y ahora acá. Las tribunas están repletas: del lado izquierdo, la hinchada visitante; del derecho, la de Bomberos, la nuestra. La nuestra: porque en estos casos, si se habla, es en primera persona y en plural.
¡Vamos, Chino! Así le dicen acá: Chino. El seis. El GOLEADOR. Yo, que sé su nombre verdadero, siento que tengo muchísima información. Gira, la emboca. Corre, la emboca. Es el mejor de todos. Él me había adelantado que cada tanto pasaba eso: que cada tanto hay magia. Y yo no lo entendía hasta ahora. Me rodean padres, amigos, familiares. Algunos me conocen porque es la tercera vez que vengo, la vencida. Y entonces ya existe la confianza necesaria como para dedicar una cara cómplice de sufrimiento. Porque presenciar el partido es, pongámoslo de este modo: horrible. Esa sensación de miedo permanente. Esa ciclotimia enloquecedora. Ganamos, perdemos, empatamos. Empatamos, ganamos, ganamos, perdemos, perdemos, empatamos, perdemos, ganamos, empatamos. ¡LA PUTA QUE LO PARIÓ! El réferi chifla. Tiempo. Yo no nací para esto. Lo vivo como un mundial. Me voy a fumar un pucho afuera.
Su papá está dando vueltas por ahí. Se me acerca y le digo: esto es una mierda. Le muestro mis palmas, rojas, irritadas de aplaudir en cada gol. Y hablamos de otro tema, como para bajar un cambio. Vuelvo a la cancha. Los del equipo contrario son odiosos. Tienen esa camiseta verde hórrida. Hay un petiso en particular, que alienta a su propia hinchada como si fuera, no sé, ¿Xuxa?, que me exaspera. Ése y una minita, la novia de alguno, que se vino en unos minishorts desubicados y se hace la linda. Mátenlos.
Arranca todo otra vez, pero con el doble de potencia. Las hinchadas gritan enloquecidas. Los tantos se festejan con intensidad plena, la gente se para. El Chino la rompe. Pero pasa algo terrible: a nueve segundos de terminar el partido, nos empatan 61 a 61. A nueve segundos de ganar, nos empatan, y todos los bomberos queremos morir.
Y entonces el tiempo suplementario y rezar. Porque esto es una fucking ruleta.
Perdemos. Ganamos. Ganamos. Empatamos. Perdemos. Perdemos. PERO LA CONCHA DE LA LORA.
68 a 65: ganan ellos. Quedan dos segundos de partido. DOS y... última oportunidad: una falta.
Lanza al aro un pibe que tiene treinta y pico de pirulos. Es su último partido y con éste se retira para siempre. Si mete los tres tantos: héroe indiscutible del club.
El primero: ¡adentro! Miedo. Esperanza y miedo de muerte, todo junto.
El segundo: ¡ADENTRO Y LA PUTA MADRE QUE LO PARIÓ!
El tercero: Me siento en una película yanqui. En ésas de baseball en las que el niñito tiene los tres tiros y le pega a la tercera de home-run y se hacen campeones y lo levantan entre todos los del equipo y ¡aaaaaaaah!
Pero no. No entra. Perdemos. Los del otro equipo copan la cancha entera con un cantito sobre ser campeones.
Nos quedamos esperando a los jugadores afuera. Suegro se me acerca otra vez. Me pregunta si ya reservamos para las vacaciones. Uruguay es muy caro, me dice. Yo le digo que como acá. Porque vi un montón de magia por primera vez y no me importan las malas noticias.
¿Sigo siendo tu deportista favorito? me pregunta el Chino en el tutú, antes de ir al kiosco a clavarnos una hamburguesa completa. Sí, le digo, de todo el mundo. Y arrancamos.


