Antes de que naciera nuestra primera hija, yo engrosaba la burda lista de padres primerizos arrogantes. Era uno más de esos neuróticos que enuncian máximas tozudas de crianza: “mi hijo dormirá en su habitación desde la primera noche”, o “que llore hasta que reviente, mis tiempos son tan importantes como los suyos”, o “jamás renunciaré a la intimidad de la pareja”.
Por aquellos días, la repetición de estos conjuros idiotas parecía suficiente para salvarme de un futuro incierto de lustrar con el culo, una vez por semana, un diván: de verdad pensaba que el resto de los padres eran medio boludos si no podían doblegar la vigorosa resistencia de los infantes.
Antes del parto, caramba, yo era invencible.
Ya desde la primera noche que hice guardia junto a la cuna, con los pelos de punta y los ojos crocantes, empecé a sospechar que todas mis estrategias de crianza no servían para nada.
En esos primeros años me ayudaron textos como Nunca nadie me pegó tanto como mi hijo, de Fontanarrosa, Pequeño demonio, devuélveme el control remoto, de un filósofo belga, y Relájese, en cuatro décadas todo se normaliza, de un japonés.
Nada mejor que el mal de muchos para consolarnos cuando las mamaderas queman.
Desde nuestro sofá moteado de papilla seguimos escuchando los planes de docenas de amigos embarazados que piensan que los niños son robóticos y van a entender sus imposiciones caprichosas:
—Todo bien con los pendejos, pero yo al mío le voy a enseñar cómo son las cosas.
Es reconfortante escucharlos reconocer meses más tarde –ya convertidos en zombies por el sueño, sin rastros de esa altanería petulante, con las ropas llenas de moco y comida– que los pequeños se pasan los planes de los adultos por los pañales.
A la incomprensible sensación de despertar con un alarido a las cinco de la mañana hay que sumarle los miedos y las bajadas de copete. En interminables noches de golpear con el dedo chico del pie las patas de las camas, he llegado a pensar que la paternidad es una fractura, una forma social para deconstruir el egoísmo del hombre.
Esta corta pero intensa (in)experiencia de criar dos niñas me permite entender que las teorías duran lo que un vestido blanco en un cumpleaños, que es al pedo oponer resistencia, y que cada familia es un laboratorio privado donde las personas ensayan distintas formas de felicidad.
Si los niños no quieren comer ni dormir, no lo harán, y si encuentran un placer sádico en el acto de patear con estilo yudoca la entrepierna del progenitor, de nada servirá la psicología para disuadirlos.
Tener hijos es aprender a convivir con la sorpresa. Cada regreso al hogar produce taquicardia e incertidumbre porque no sabemos qué nos aguarda del otro lado de la puerta: si un televisor roto, un libro incunable deshojado con violencia, o una pared intervenida con crayones indelebles.
Y sin embargo, seguimos. Quizá movidos por las compensaciones invaluables.
Ya no creo que haya momentos ideales para tener familia, me parece poco inteligente “planear” un embarazo. Creo que todo lo referente a la paternidad va teñido de un impulso improvisado; es inútil querer torcer el destino natural de las cosas.
Hace tres años empezamos a envejecer con celeridad, a desaprender.
Hoy, algunos años después de esa primera noche reveladora en la cuna, celebro las rutinas, que dos personitas en este planeta sientan que nuestros hombros son el lugar ideal para dejar de llorar.
Eso contagia una fuerza inexplicable. Así podés pasear con ternura sus cuerpitos febriles en la madrugada, tranquilo, absolutamente convencido de que estás donde tenés que estar.


